Contradicciones

Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es.
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu fuerza. (Deuteronomio 6:4-5)

No es fácil vivir con contradicciones. Van carcomiendo tu alma. Te corroen hasta que las haces frente y admites tu hipocresía, y cambias; u optas por silenciar la voz de tu conciencia para convertirte en un cínico, una ruina, el residuo de lo que fue un ser humano.

En esa encrucijada me encontraba yo, hace unos quince años. Tenía una carrera prometedora y un trabajo muy lucrativo como asesor en una empresa puntera de informática gráfica. También era respetado como maestro de la Biblia y líder cristiano. Tenía una mujer estupenda y fiel, capaz de llevar en casa la educación de nuestras cuatro maravillosas hijas. Vivíamos en uno de los lugares más bonitos de la tierra, a orillas del lago Leman (Ginebra), con vistas a los imponentes Alpes suizos... Pero yo era un desdichado.
Mi corazón quería servir al Dios del cielo, mi alma estaba en una batalla perdida contra mi carne, y mis fuerzas estaban al servicio de los reinos de este mundo. Estaba haciendo justo lo que el apóstol Pablo dijo que no había que hacer: “Ningún soldado se enreda en los asuntos civiles, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado.” [1] Mi vida era una contradicción. No era capaz de obedecer el mandamiento básico de amar a Dios con todo mi corazón, toda mi alma y todas mis fuerzas.

Con todo tu corazón

¿Le amaba con todo mi corazón? Yo pensaba que sí. Me había dedicado a Él lo más que pude. Oraba, estudiaba la Biblia, enseñaba en la escuela dominical, pagaba el diezmo. Y de todas maneras ¿qué significaba amar a Dios? Esa pregunta siempre me llevaba al Evangelio y a las epístolas de Juan, donde, en realidad, no hallaba consuelo…

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.”(Juan 14:15)

“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él.”(Juan 14:21)

“Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.”(Juan 13:34)

“En esto conocemos el amor: en que El puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”(1 Juan 3:16-18)

¿Poner mi vida por mis hermanos? Honestamente no podía afirmar que lo estuviera haciendo en la práctica diaria. ¿Ver a mis hermanos en necesidad? Sólo los veía un par de horas, los domingos, y con sus mejores ropas. Ni siquiera sabía dónde o cómo vivía la mayoría de ellos, ¿cómo iba a saber si necesitaban algo? ¿Qué tenía que hacer para amarles como Jesús amó a sus discípulos? Y si no podía hacerlo, ¿cómo iba a guardar sus mandamientos? Y si no los estaba guardando de acuerdo a las escrituras, no estaba amándole con todo mi corazón.  …Vivía una mentira.

“El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él…” 1 de Juan 2:4

Con toda mi alma

En lo que se refiere a mi alma, no se si lograba hacer algo “con toda mi alma”. Según tengo entendido, el alma consiste en: la mente, la voluntad y las emociones. Mi mente se ponía en marcha fácilmente... en casi cualquier dirección.  Evitar que mi mente me llevase a la ruina requería toda mi voluntad, reduciéndose la posibilidad de enfocar mis facultades con diligencia en asuntos de Dios. Además, mis emociones no parecían estar como para responder con pasión y entusiasmo ante nada, incluida la llamada al culto. Sí que podía cantar himnos con muy buenos sentimientos, pero, tan pronto como se esfumaba el último acorde del órgano, estos volvían a su plácido estado anterior. Por mucho que mi corazón quisiera que mi alma estuviera ardiente por el Señor, ésta no cooperaba.

Con todas tus fuerzas

¡He aquí, el mayor obstáculo para la santidad! ¿Qué estaba haciendo con el grueso de mi energía y los mejores años de mi vida? Ganar dinero para mantener un confortable nivel de vida medio-alto, vendiendo mis habilidades al mejor postor. En aquel momento concreto, se trataba de desarrollar software para analíticos financieros de la banca privada suiza, o sea,  para manejar mejor las fortunas de la gente más rica de la tierra. Nunca me atreví a preguntar la procedencia de tales riquezas, y de todas formas, nunca me lo habrían dicho; pero yo sí me preguntaba para quién estaba trabajando: ¿Traficantes de drogas, de armas…, la mafia, gángsteres, terroristas, tratantes de armas o estrellas del rock? ¿Qué reinos se estaban beneficiando de mis fuerzas? ¡El reino de Dios seguro que no!

La encrucijada

Así que ahí estaba, salvo y listo para ir al cielo.  Hacía catorce años que yo había decidido seguir a Jesús y nadie hubiera pensado que yo tuviese dudas acerca de cual sería mi destino eterno.  Pero, ¿qué parte de mí era salva?, ¿mi corazón solamente? Era lo único que parecía tener bien orientado; pero si mi alma y mis fuerzas no podían seguir a mi corazón, ¿de qué me valía? ¿O es que el mandamiento en Deuteronomio 6:5 era sólo para el Antiguo Testamento, y ahora en la Nueva Alianza es suficiente con pedir que Jesús venga a tu corazón y vivir una vida lo más honrada posible (como muchos otros que no son cristianos)? [2]

En medio de mi tormento me topé con un grupo de discípulos que vivían juntos compartiendo una vida como la descrita en hechos 2:42-47 y hechos 4:32-37. Fue como entrar en la máquina del tiempo y salir en el primer siglo. La pureza, la dedicación y sencillez de su vida, pusieron a la luz las contradicciones de mi vida y me mostraron ostensiblemente lo que me faltaba. En esta encrucijada mi vida tomó una dirección radicalmente diferente que me liberó de los tentáculos de esta malvada sociedad presente. Fue la emancipación de mi corazón, mi alma y mis fuerzas, la libertad para construir el reino de Dios. En otro artículo  [3] hablo de cómo llegué a esta encrucijada y lo que pasó a continuación, pero más bien quisiera proceder ahora a contaros algo que he aprendido y que ha eliminado la contradicción que dominaba mi vida durante tantos años.

La salvación de todos los aspectos del hombre

El apóstol Pablo parecía tener una visión más holística de la salvación que la mayoría de los cristianos de hoy en día, como se refleja en este pasaje:

“Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.”(1 Tes. 5:23)

Según Pablo era importante que la totalidad de la persona -- espíritu, alma y cuerpo (corazón, alma y fuerzas) -- sirviera a Dios con devoción. De hecho, la palabra original traducida por santificar [4] en este versículo significa: “apartar de las cosas comunes  o profanas y dedicarse a Dios.” También hay una palabra parecida que Pablo usa unos cuantos versículos antes:

“Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; es decir, que os abstengáis de inmoralidad sexual; porque Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación.” (1 Tesalonicenses 4:3,7)

La palabra traducida por santificación [5] (santidad) en este pasaje significa “el efecto de estar puesto a parte”, la purificación del corazón y de la vida. Por lo tanto la santificación (ser purificado y limpio de culpa) sólo puede ser el resultado de ser santificado (apartado de lo común y profano). Pablo nos lo presenta así en su segunda carta a los Corintios:

“Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor; y no toquéis lo inmundo, y yo os recibiré .Y yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso. Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”(2 Corintios 6:17-7:1)

Donde sucede la salvación

Parece claro que para el apóstol Pablo la salvación era algo más que rezar, hacer a los demás lo que te gustaría que hiciesen contigo e ir al cielo cuando mueras.

La promesa de ser llamados hijos de Dios es para los que obedecen la llamada a salir de una sociedad caída para entrar en el lugar puesto a parte, limpio, donde Él puede ser tu Padre y como padre, puede darte el cuidado, la protección, la instrucción y la disciplina que todo hijo necesita para crecer bien. [6] De hecho, Pablo estaba apelando a los corintios desviados para que volvieran al fundamento sobre el que él les había establecido: una comunidad de discípulos que vivían juntos, una vida consagrada (puesta aparte), igual que en la primera comunidad de Jerusalén.

 “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier parte invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro:”(1 Cor. 1:2)

Él aquí escribía a los que estaban “puestos a parte en el Mesías” (no “por el Mesías”sino “en el Mesías”). Quería decir en el Cuerpo del Mesías, lo que para él no era un concepto etéreo [7], sino la expresión corpórea [8] de la vida de Cristo en un lugar concreto y donde todos lo santos [9] invocan al mismo Señor. Eso significa que todos ellos y todas sus obras están coordinados por una cabeza, igual que un cuerpo humano. [10] Así fue establecida la primera iglesia en Jerusalén, constituyendo el patrón que fue reproducido por toda Judea. Pablo en su carta a los tesalonicenses hace una referencia explícita acerca del amoldamiento de sus iglesias al patrón establecido en Judea.

“Pues vosotros, hermanos, vinisteis a ser imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea, porque también vosotros padecisteis los mismos sufrimientos a manos de vuestros propios compatriotas, tal como ellos padecieron a manos de los judíos.”(1 Tes.2:14)

Fue esta vida radical, puesta a parte y santa que compartían, lo que provocó la persecución sobre la iglesia de Tesalónica, igual que les había sucedido a las iglesias de Judea. ¿Por qué? Porque ponía en evidencia la vida superficial, egocéntrica e idólatra de la cultura caída de la que habían salido. Disturbaban el orden social de su tiempo, [11] como su Maestro dijo del efecto que produciría el Evangelio: [12]

 “Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia.”(Juan 15:18-19)