El joven rico

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Un joven rico iba por la calle y se encontró con un viejo amigo. —¿Qué tal estás?— preguntó el amigo.

—Muy bien—, respondió el joven rico —¿Sabes? Ahora soy cristiano.

—¿De verdad? —dijo su amigo—, ¿cómo ocurrió eso?

—Bueno, vi al Maestro poniéndose en camino para salir de viaje, corrí, me arrodillé a sus pies y le pregunté: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?», y el Maestro contestó: «¿Por qué me llamas bueno? solo hay uno bueno; pero si tú deseas tener vida, guarda los mandamientos». Así que le dije: «¿Cuáles?», y el Maestro dijo: «No cometerás asesinato ni adulterio; no robarás ni dirás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre... », pero yo le contesté: «Maestro, he obedecido todos estos mandamientos desde que era niño». Entonces el Maestro me miró, me amó, y me dijo: «Solo hay una cosa que te falta. Ve, vende todo lo que tienes y da el dinero a los pobres y entonces tendrás riquezas en el cielo; vuelve y sígueme».

—Entonces, ¿qué ocurrió? —dijo el amigo del hombre rico.

—Bueno, tan solo creí en Él y toda mi vida ha cambiado. Ahora, mis muchas posesiones, en realidad, no tienen importancia para mí.

—¿Quieres decir que realmente vendiste tus posesiones y las diste?

—¡No!, por supuesto que no —respondió el joven rico— Él no quería decir literalmente que las vendiese. Solo quería decir que estuviese dispuesto a hacerlo si viera la necesidad.

—Pero, ¿te uniste a sus discípulos?, ¿estás con los doce ahora?

—¡No!

—Pero, ¿no dijo Él que le siguieras y fueras uno de sus seguidores?

—Soy un seguidor, pero no necesito formar parte de su pequeño grupo para poder tener vida eterna. La voluntad de Dios es más grande que eso. Su voluntad para mí no es la misma que su voluntad para los doce.

—Bueno, no comprendo, ¿cómo vendiste todo y le seguiste?

—Yo he abierto mi casa para que mis amigos vengan y realicemos estudios bíblicos. Ahora todas mis posesiones le pertenecen a Él, y yo soy tan solo su administrador.

—Pero, ¿cómo sabes lo que el Maestro quiere que hagas con tus posesiones, puesto que nunca estás con Él ni con los doce?

—Tú no comprendes, —dijo el hombre rico subiendo el volumen de su voz y en tono severo e indignado— cuando creí en Él, recibí el Espíritu, y el Espíritu me dice qué hacer. Así que no necesito que ningún hombre me diga lo que debo hacer.

—Pero, todavía no veo cómo tú has creído en Él. Quiero decir... Él dijo: «Véndelo todo y sígueme», sin embargo, tú estás aquí con todas esas posesiones y todavía no estás con Él, haciendo lo que Él y los doce están haciendo...

—¡Vale!, ¡está bien! —el hombre rico reprendió a su amigo:— No me juzgues. El Maestro dijo: «No juzgues». Incluso si tengo algunas mínimas discrepancias con Él y los doce acerca de su estilo de vida, eso no quiere decir que no seamos uno en el Espíritu. Después de todo, tan solo piensa qué ocurriría si todo el mundo hiciera lo que Él y los doce están haciendo. El mundo se derrumbaría. Eso está bien para Él y para los doce, pero no todos hemos sido llamados a hacer lo mismo; lo difícil es quedarte ahí en la sociedad y mantenerte, ayudando y aguantando. Alguien tiene que permanecer detrás y alcanzar a la gente. —Su amigo siguió en pie rascándose la cabeza, con una expresión perpleja en la cara.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó el hombre rico.

—Bueno, parece que si Él dijo que necesitabas vender todo y seguirle para tener vida eterna, entonces, eso es lo que deberías estar haciendo...

—¡No!, ¡no!, ¡no!, eso sería trabajar por la salvación. Puedo ver que no sabes mucho acerca de ser un cristiano. Tienes que venir al estudio bíblico en mi casa esta noche. Hablaremos acerca de creer en el Mesías.

—¡No, gracias! —dijo el amigo— No puedo creer en alguien que no hace lo que dice.

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